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«yo, yo, yo»

No sólo en el mundo, sino también en la Iglesia hay una gran cuota de obstinación y de arrogancia; una gran cantidad de actividades centradas en el hombre; una fuerte dosis de «yo, yo, yo» para todo; y eso, además, prevalece donde menos lo esperaríamos, a saber, en las cosas que se relacionan con el santo servicio para Cristo. ¡Cuán repugnante! Podemos afirmar con total seguridad que nunca el egotismo es más detestable que cuando se manifiesta en el servicio de ese Bendito que se despojó a sí mismo, de quien toda la vida fue un completo renunciamiento propio, y quien nunca buscó su propia gloria ni sus propios intereses como tampoco agradarse a sí mismo.

Mas dirijamos nuestras miradas a nosotros mismos. Juzguemos nuestro propio corazón en sus actividades más íntimas y profundas. Revisemos nuestros caminos a la luz de la presencia divina. Pongamos todas nuestras obras y servicios sobre la santa balanza del santuario de Dios. Entonces descubriremos cuánto hay de ese detestable yo, el cual se extiende como un tejido negruzco y contaminante por entre todo el ropaje de nuestra vida cristiana y de nuestro servicio cristiano. ¿A qué se debe, por ejemplo, que siempre que nos tocan el yo, aunque sea en lo mínimo, tengamos tanta predisposición a asumir una actitud arrogante? ¿Por qué nos ofendemos con tanta facilidad y nos irritamos tanto ante las reprimendas, por más delicado y dulce que sea el tono de éstas? ¿Por qué esa tan fuerte tendencia a ofenderse ante el menor menosprecio que nos hagan? ¿Por qué, en fin, nuestras simpatías, nuestro respeto y nuestras preferencias se dirigen con tanta energía hacia aquellos que tienen un buen concepto de nosotros, que aprecian nuestro ministerio, que están de acuerdo con nuestras opiniones y que adoptan nuestras ideas?

 

Los Amigos de Job. C.H.Mackintosh.