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Recuerdo la educación que recibí en el seminario. Cursé mis

estudios de seminario en una de las más selectas instituciones

teológicas del mundo. No desdoraría yo ese lugar, ni tampoco los

excelentes hombres que me enseñaron. No obstante, excepto el hecho de que todos éramos pobres y sufríamos las consecuencias de ese

problema en particular, vi y escuché muy poco en lo que a la

profunda obra interna de la cruz se refiere. Pero probablemente es

así como esto debe ser, en vista de que no se puede enseñar la

cruz. Realmente no.

Si un estudiante de teología decidiera dedicar su vida entera

al estudio de la cruz, no llegaría a adquirir nunca, por ese medio,

su propia transformación. Ni la teología, ni los dones, ni los

conocimientos —ni siquiera los conocimientos bíblicos— son de verdadero beneficio en la destrucción de aquellas cosas que hay

dentro de nosotros y que deben ser destruidas.

En algún momento crítico tú y el Señor tienen que abordar el

asunto en una forma práctica. Tiene que haber perplejidad, tiene

que haber sufrimiento, tiene que haber dolor, debe haber lágrimas.

Y de nuestra parte, probablemente tiene que haber incluso

confusión, desánimo, pruebas, aflicciones, desesperanza y quizás la

sensación de que el Señor ya no nos ama. Tal vez hasta una

sensación más profunda, más oscura y más presagiosa que ésa.

Básicamente, la cruz es algo que se experimenta. Ni todos los

análisis que se hacen en el mundo entero concernientes a la cruz, podrán describir jamás qué es realmente ser clavados en ella.

 

Tomado de: El viaje hacia adentro