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Yo, yo, yo: El síndrome de babilonia PDF Imprimir E-mail

(Artículo) Este texto nos habla de un poderoso y maligno síndrome espiritual que ha infectado a la humanidad entera, que se posa en el corazón del hombre y cuyo tratamiento se llama "camino de cruz".

 

Yo, yo, yo!

El síndrome de Babilonia

 

La enfermedad de Job, con aquellos abscesos en la piel e infecciones del aparato respiratorio, figura hoy en día entre las diferentes patologías médicas como El Síndrome de Job.

Así, la enfermedad de Babilonia, con aquellos accesos de orgullo, arrogancia y perversiones presentes en el corazón, la mente, la sociedad, la economía y también en la Iglesia, es una de las diferentes patologías espirituales del hombre. Podemos llamarla El Síndrome de Babilonia, arraigado a la naturaleza íntima del hombre. Si bien este nombre es nuestro invento, a lo que se refiere no es necesariamente el fruto de la imaginación, como el invento de El Síndrome de Burocratización de Max Weber1 tampoco está alejado de la realidad organizacional de las empresas y gobiernos occidentales, lo mismo que de muchas de nuestras “Iglesias”. Estos dos síndromes están relacionados.

Un síndrome está asociado a una serie de síntomas simultáneos. El Síndrome de Babilonia se manifiesta en la expresión: “yo, yo, yo, quién como yo!”. Es el resultado de un tumulto de síntomas que tarde o temprano se manifiestan exteriormente. Una característica dada por su raíz “droómos” (dro/mov) es el “apresuramiento”, la “carrera”, la “competencia”. Es un conjunto de manifestaciones muy rápidas que responden a una necesidad compulsiva de reconocimiento y de adoración de sí mismo, contra todo obstáculo. Así, las multitudes se “agolparon” (sun-dromh/, “syndromeé”) desesperadamente para atrapar a Pablo con el objetivo de asesinarlo. Una multitud frenética de emociones y de pensamientos convergen de la misma manera en el corazón y en la mente para tratar de demostrar lo “único y especial que soy” aún en detrimento de los congéneres. La megalomanía se manifiesta en un complejo de superioridad de sabor agrio.

En efecto, Babilonia tiene asiento en el corazón del hombre. Se trata de una falsificación de una realidad espiritual, aquella de que ante Dios yo soy único y especial. Pero Satanás, a su manera, que es perversa, me promete hacerme sentir único y especial, si postrado le adoro. Por medio de la falsificación, Satanás desplaza la gloria de Dios para dar lugar al dominio sobre los reinos del mundo, Babilonia, y a su gloria. Y estos reinos, administraciones, gobiernos, que son las “Burocracias” estudiadas por Max Weber, o por Michel Crozier en su Sociologie des Organisations, como también aquellos que son nuestras “mega-iglesias”, son la manifestación más elaborada de la “carrera” febril, frenética del Síndrome de Babilonia para hincharnos de la gloria prometida por Satanás.

Paradójicamente, Jesús promete entregarnos su reino celestial después de habernos sacado de Babilonia, o mejor, después de haber arrancado de nuestros corazones el espíritu de Babilonia; definitivamente después de la transformación de nuestros cuerpos según su imagen.

Pero ese gobierno es manifestado por el Espíritu Santo de manera parcial dentro de la “ekklesía” de la actualidad, en que la autoridad es el mismo Jesús por su Espíritu. Desafortunadamente, la promesa de Dios ha sido confundida con la promesa de Satanás. En virtud del Síndrome de Babilonia, la patología espiritual causada por el veneno de la serpiente, ya no permite oír la voz que produce liberación para entrar en la promesa de Dios. El endurecimiento de los corazones ante el mensaje profético es resultado de una hinchazón crónica de arrogancia provocada por el veneno de Satanás en quien sufre del Síndrome de Babilonia.

Es doloroso saber que la amada Iglesia de Jesucristo no escape a tal infección. Pablo mencionaba ya en su época a los grandes apóstoles, literalmente “súper-apóstoles” (“hyperlian apostóloon”), “obreros fraudulentos”, “falsos hermanos”, aquellos que parecen ser algo, […] a los cuales ni aun por un instante accedió a someterse, a quienes resistió cara a cara aunque fueran considerados como columnas, etc.. El culto a la personalidad, el Síndrome de Babilonia ligado al púlpito.

Porque en realidad no escapa a la infección el hombre mismo, su naturaleza íntima y verdadera, su corazón, de donde nace toda estructura humana, administrativa, social y económica.
─ Seréis como dioses8, fue la gran promesa que dio inicio a nuestra humanidad. Promesa de Satanás.
─ Seré como Dios, respondió la mujer, encontrando eco en las palabras de
Adán.
─ Seremos como dioses, cantaban en coro los dos, con lágrimas de alegría
en un romanticismo que frotaba con lo ridículo.
Y a partir de este momento, como ellos, nuestro corazón, con mucha
emoción no cesa de repetir:
─ ¡Yo, yo, yo!, tema que terminará enriqueciendo múltiples poemas, obras
teatrales y hasta declaraciones de amor.

Ahí estoy incluido yo, ¡yo!, es decir mi naturaleza de maldad, que no debe confundirse con el “alma”, con la personalidad que Dios creó en el hombre.

Rico o pobre, joven o anciano, jefe o aprendiz, hombre o mujer, ya nadie puede escapar del Síndrome de Babilonia, que podemos llamar con este nombre, por representar esta ciudad a la más alta realización del proyecto satánico de
adiestramiento de adoradores, a nivel individual y colectivo.


─ ¡Miserable de mi! gemía Pablo antes de descubrir el único medio para ser librado de su propio síndrome: morir para dejar vivir en él al Espíritu Santo.

Es de estar perplejos por la manera como individualmente y colectivamente nos parecemos a Babilonia.
Si aun siendo redimidos y transformados eternamente según la imagen de Jesús, cantaremos para glorificar a Dios echando a sus pies cualquier corona que hubiéramos podido recibir de El, es porque habremos reconocido que nuestra salvación se habrá realizado por la fe en Jesucristo, y que El habrá perfeccionado la obra en nosotros a pesar de aquella constante e imparable voz de nuestro corazón:
─ ¡Yo!
Exclamación siempre presente en cada corazón, por redimido que sea, y por la que el Espíritu de Dios reclama en nosotros la muerte de la naturaleza de maldad. La primera piedra no podrá ser lanzada por absolutamente nadie, sea una ciudad, un gobierno, cualquier ciudadano o cualquier redimido.

Tanto Babilonia como mi corazón serán tratados por Dios de la misma manera. Esto merece reflexión pues cada uno de nosotros está incluido en esto. La hija virgen de Babilonia se encontraría sentada en el polvo, en la tierra, aquella humillación propia de los esclavos10. Porque “hijos de papi” serán como ella, que nunca más será llamada tierna y delicada. Y todos hemos sido hijos de nuestro “papi” el diablo, con sus promesas de gloria y poder, haciendo sus obras entre las cuales va incluida la religión.

─ Toma el molino, y muele harina; descubre tus guedejas, descalza los  pies, descubre las piernas, pasa los ríos, le dice Dios al llevarla a la condición de quienes hubieran sido sus esclavos, penando con su trabajo y atravesando ríos con las piernas desnudas, con sus cargas y sus quejas.

Vergüenza y deshonor son parte de la obra de nuestro redentor, única vía de tratamiento del Síndrome de Babilonia. Babilonia, instrumento de Dios para castigar al pueblo santo, no tiene compasión de él, olvidando la limitación y temporalidad de su papel dentro de la obra de Dios.......

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