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Cuando el Cielo Toca la Tierra (Completo) PDF Imprimir E-mail

Junio 09 de 2017

CUANDO EL CIELO TOCA A LA TIERRA (completo).

“Oh, si rompieras los Cielos,”

Así clamamos nosotros con el antiguo profeta...

“Y se escurrieran los montes,

Para que hicieras notorio Tu Nombre.”

Cuando nuestros recursos se acaben

Y nuestras fuerzas disminuyan,

Y pacientemente hagamos Su voluntad

Y a El le demos todo, y nuestros planes

cancelemos

Y ante El lo pongamos todo.

Cuando lleguemos al fin de nuestros recursos,

Y tengamos que aprender a esperar y a resistir,

El se adelantará para encontrarnos allí,

Y el Cielo tocará la Tierra.

Porque ojo no vio, ni oído oyó

Las maravillas que hace El,

En los vasos preparados por Dios

Y que han aprendido a esperar en El.

Pero, esperar en Dios no significa

Descansar tranquilamente,

Porque mientras le estamos esperando

Debemos hacer fielmente lo que El nos dice:

Realizando labores serviles

En la tienda, o en el molino,

O recogiendo higos silvestres,

O guiando el arado,

O predicando a la multitud

En los foros de la Tierra,

Viajando por todas partes,

O sentándonos en casa sin nada que decir,

Mudos – cuando El así lo dice.

Siempre haré Su voluntad,

Esperando en El para obrar.

Y quiero estar en el camino de Dios,

Cuando el Cielo se acerque a la Tierra.

Creía que mi parte era hacer grandes cosas,

Por temor de encontrarme falto ante Su trono.

Pero, ahora he aprendido que mi parte es esperar a

que Su obra se realice.

Y mientras espero, y confío, y aprendo

Que Sus caminos – y no los míos – son los

mejores;

Que Sus caminos y los míos son los mismos,

Cuando aprenda a entrar en Su descanso.

Que Su parte es mi parte, y Su carga, la mía,

Cuando comparta el yugo con El.

Así, trabajar para Dios ya no es mi búsqueda, sino

trabajar junto con El.

Y no poder ya decir: “He hecho mi parte,

Ahora, aparece Tú en escena y haz la Tuya,”

Sino que viviendo en El como la rama en la Vid,

El fruto sea completamente Suyo.

Y así, los hombres de todas las épocas

Que anduvieron en la fe,

Fueron hombres que esperaron en Dios.

Y mientras esperaban,

Hacían lo que El les había dicho,

Con paciencia, longanimidad y esfuerzo.

Viviendo en cavernas y huecos de la tierra,

Negándose a correr y a ser libres –

Prefiriendo morir por espada o por fuego –

Que tener la aprobación de los hombres.

Y mientras seguían los caminos del Señor,

Anhelaban encarecidamente el día

En que Dios escurriera los montes,

Cuando los Cielos respondieran a los hombres.

Así, ahora he aprendido que andar en la fe

Es andar con Dios en Su camino;

Que todo lo que El pide es hacer Su voluntad, y

dejarle a El todos los planes.

Sea que se trate de apacentar las ovejas,

En las estériles laderas del Horeb,

O de cuidar los niños con solicitud amorosa, y

Lavar las ollas y las cacerolas,

O recoger higos silvestres,

Como el profeta Amós en la antigüedad;

O clavando clavos, o doblando hojalata,

O guiando el arado,

O llenando mis días con insignificantes obras

En la tienda o en la línea de montaje...

Si ésta es Su voluntad, aprender a servir,

Con fidelidad, honor y rectitud.

Entonces, debo hacer esto, y ser fiel y verdadero,

Si espero oír Su: “¡Bien hecho!”

Si corro al frente, cuando El dice: “¡Alto!,”

Si edifico, cuando El quiere derribar;

Si busco aumentar, cuando El dice: “Reducir,”

O corro, cuando El dice que me quede quieto;

Porque grandes son las necesidades,

Cuando Dios quiere que tenga poco –

Porque El busca refinar el mineral que traigo,

Hasta dejar sólo el oro –

Y me horrorizo por los estragos que veo –

Que sólo dejan las cenizas –

Entonces El será fiel para mostrarme Su Palabra,

Y susurrar con clara convicción:

“Tus pensamientos no son Mis pensamientos,

Ni mis caminos son tus caminos,

He aquí la gran obra que yo hago,

Cuando los hombres pierden su fortaleza,

Y yo los revisto con la Mía,

Para que sigan un camino nuevo.”

Entonces la Palabra se hace real cuando arraiga

dentro

Y el conocimiento da paso a la Verdad,

Y la esperanza se levanta fresca

De las cenizas de la desesperación,

Cuando sé que el Alfarero lo hará.

El me habla de José y de cómo fue entrenado

En la celda de la prisión solo y desnudo,

Para sentarse en un trono y ministrar el pan

A un pueblo que vivía desesperado.

Me recordó a Moisés y la visión que él tuvo,

De cómo su culpa fue tornada en fortaleza,

De cómo andando con Dios se volvió dócil y

manso,

Probado en el Horno del Tiempo.

De cómo su encuentro con Dios había sido

dispuesto

En los concilios secretos del Cielo.

Y de cómo Dios se acordó del clamor del esclavo,

Cuando habló desde la zarza ardiente.

O cómo intentamos que el Cielo responda a

Nuestras oraciones, necesidades y miserias;

Y planeamos, y toleramos, y arreglamos, y

promovemos,

Como Jacob, un hombre lleno de engaños.

Sin embargo, suspiramos por Dios, y El espera

Con paciencia a que lleguemos al final del

camino,

Y todos nuestros amores, tesoros y rebaños

Sean llevados hasta el otro lado del cruce.

Y nos quedemos solos en la oscuridad de la

noche,

Para ser golpeados y lisiados por Dios:

Para que ya no sigamos la sabiduría de los

hombres,

Para que ya no acumulemos, sino que demos –

Porque aquí estaba un hombre escogido por Dios

Desde su mismo nacimiento, pero que estaba

Manchado y Dios lo cambió y lo hizo de nuevo,

Cuando lo desafió allá en Peniel.

Los Cielos se han movido muchas veces

Para responder a los clamores de la Tierra.

El vino para redargüir y para bendecir

Y para escudriñar los corazones de los hombres.

El vino para condenar a la pareja que pecó,

Y entre los árboles estaban escondidos,

Y dio reparación por ellos con la sangre

derramada,

Y los vistió con vestidos de pieles.

El bajó a Babel para enfrentarse con la multitud

Que edificaba la Ciudad y la Torre.

Y cuando Abraham caminó por las laderas de

Moriah

Para devolverle a su hijo,

Ya Dios lo estaba esperando

Para recompensar su paciencia y su fe.

Se apareció ante Moisés en un arbusto del desierto

Y, ante Josué como un fuerte capitán.

Vino a Samuel, cuando éste era un niño todavía,

Y permaneció al pie de su cuna,

Para darse a conocer de un hombre escogido

Que nutriría al pueblo de Dios.

Y vino de nuevo en la plenitud de los tiempos

A un mundo en tinieblas de pecado

Para revelar una gran Luz, para ser una gran Luz

Que iluminaría el corazón de los hombres.

Ni la Tierra tembló, ni se estremecieron los Cielos

Cuando El nació en una cuna de pajas,

Pero, cuando Jesús nuestro Señor

Colgó en el Monte del Calvario

Para expiar los pecados de los hombres,

Sus últimas palabras hicieron temblar la Tierra

Y que los Cielos oscurecieran su rostro.

“¡Consumado es!” gritó, y dio Su Espíritu,

Terminando así la obra de la redención.

Después de tres días se levantó de entre los

muertos,

Y revivió la esperanza en Sus discípulos,

Que querían decirle: “Quédate y se nuestro Rey,”

Cuando sus sueños frustrados volvieron a la vida

Pero, ¡No! El debía ir al trono celestial,

Y desde allí debía gobernar y reinar,

Hasta cuando la Tierra fuera sometida,

Y purificados los Cielos,

Y El destruyera los reinos de los hombres....

Y así, El reina desde allí,

Y no desde un templo o desde un trono

Que los hombres hubieran erigido en la Tierra,

Sino desde el mismo Cielo, con poder y con amor

Para cambiar el corazón de los hombres,

Para ministrar gracia en la Tierra

Por Su Espíritu de la Verdad, mediante hombres

fieles

Que anden con El y que moren en la Vid,

Para que sus palabras sean las de El y no las

suyas,

Para el nacimiento de una nueva raza

Por la misericordia y por la gracia,

Y en la Tierra engendrar Su propia especie.

Y El viene de nuevo, y así debemos esperarle

Hasta cuando Su obra en el trono esté completa.

El viene por una Iglesia purificada y limpia,

Por una Esposa engalanada y pura,

Cuando el precioso fruto de la Tierra esté maduro,

Y las malezas estén listas para ser quemadas...

Para recoger la cosecha que El está esperando,

Y para pisar las uvas de Su ira.

“No temáis, manada pequeña...” (Lucas 12:32

SEV)

Es la Palabra que dice

A los que sufrirán con El,

Y que salen del campamento para marchar a

Su lado,

Rechazados y odiados por los hombres.

Tal como antaño, una vez más los prisioneros

gimen,

Y ser libre la creación anhela,

Y un pueblo de la Verdad, humilde, y manso

como El,

Está preparando Dios para ministrar la vida

Mientras vivan en la Tierra,

Y oyen una Palabra pura desde el trono,

Para crear una nación nueva y una generación

nueva,

Unidos con El por el Espíritu...

Para despedir una luz que iluminará la Tierra,

Cuando ellos se calcen los zapatos de la paz.

Cuando en la Tierra hablaba Dios, el Sinaí

temblaba

En medio del trueno, del fuego, y del humo.

Cuando El habló desde la Cruz,

Otra vez volvió a temblar la Tierra

Y las tinieblas la cubrieron...

Pero, una vez más dice el Señor

Con voz que de la Tierra no procede, sino del

Cielo,

Que las cosas que son movibles deben ser

removidas

Con terremotos y con fuertes remezones del Cielo,

Para que sean destruidos los reinos de los

hombres,

Y los Cielos se desplegarán como un rollo, porque

El viene de nuevo,

Montado en caballo blanco vigoroso,

No en una asna con su cría,

Manso y humilde todavía, pero, fuerte y

todopoderoso,

Porque el León de Judea es el Cordero.

Y la Tierra que una vez fue destruida

Con agua y con diluvio, pueda serlo por el fuego,

Y que los elementos se derritan

Y los Cielos se disuelvan,

Consumidos por el aliento de Su boca.

Y que de las cenizas del antiguo,

Nazca un nuevo mundo santo, justo, y puro.

Ni ojo vio, ni oído oyó

Lo que Dios ha preparado

– Mientras la luz del camino disminuye –

Para aquel que espera a Dios con corazón

apaciguado,

Y clama para que choquen Tierra y Cielo,

Y para que se inunden las colinas y los montes,

Pues está seguro de que ha llegado el tiempo para

que Dios baje y demuestre

Su fuerza y Su poder, y desnude Su brazo

Ante un pueblo oprimido y humillado.

“Tú lo hiciste antes... hazlo de nuevo, por favor,”

Es el clamor del corazón adolorido.

¿Por qué esperas cuando es tan grande la

necesidad?

¿Por qué te tardas tanto?

Pero los clamores y las oraciones del alma

adolorida

Están guardados todos en las redomas del Cielo,

Reservados para el día que El ha preparado,

Para que los hombres lo conozcan,

Y cuando las vasijas de arcilla que lo esperan

Se levanten con la fortaleza de su Señor

Y avancen en el esplendor de Su Nombre

poderoso,

Vestidos con la armadura de Dios:

Con el yelmo de la salvación en su cabeza

Y ceñidos con la Verdad sus lomos,

Protegiendo su corazón con el peto

Y llevando el escudo de la fe;

Con hermosos pies calzados por el Señor

Con los zapatos del Evangelio de la Paz,

Y con la espada de dos filos que sale de sus bocas

Con Palabra cortante y destructora,

Porque el corazón de los hombres solo cambia

Cuando en escena aparezca el Maestro,

Y los Cielos respondan a los clamores de la

Tierra,

Y Sus siervos hayan aprendido a estarse quietos.