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UN CORAZÓN CONTRITO Y HUMILLADO

El principal y gran designio de Dios con las almas es de producir una verdadera contrición y humillación de espíritu; apartar de nosotros toda falsa justicia; hacer que nos despojemos de toda confianza en nosotros mismos y enseñarnos a buscar en Cristo nuestro único amparo. Todos tenemos que pasar por lo que podría denominarse el proceso de “despojamiento y vaciamiento de uno mismo”.

Es muy doloroso, pero absolutamente necesario. En efecto, el, el yo, tarde o temprano, tiene que ser conocido y juzgado.

Todos nosotros debemos conocer nuestra absoluta impotencia para todo, a fin de poder gustar la dulzura y el consuelo de esta verdad: Cristo “nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención. (1 Corintios 1:30).

Dios quiere vasos vacíos. No lo olvidemos. Es una verdad solemne y necesaria.

Isa 57:15 Porque así dijo el Alto y Sublime, el que habita en eternidad, y cuyo nombre es El Santo, que tengo por morada la altura y la santidad; y con el quebrantado y abatido de espíritu habito , para hacer vivir el espíritu de los abatidos, y para hacer vivir el corazón de los quebrantados.

Isa 66:1 El SEÑOR dijo así: El cielo es mi trono, y la tierra, estrado de mis pies; ¿dónde quedará esta Casa que me habréis edificado, y dónde quedará este lugar de mi reposo?

Isa 66:2 Mi mano hizo todas estas cosas, y por ella todas estas cosas fueron, dijo el SEÑOR; a aquél pues miraré que es pobre y abatido de espíritu, y que tiembla a mi palabra.

¡Qué propicias son todas estas palabras para nosotros! Un espíritu contrito y quebrantado constituye una de las necesidades más urgentes de nuestro tiempo.

Podemos entonces soportar reproches e insultos; pasar por alto menosprecios y afrentas; pisotear nuestros caprichos, estar dispuestos a toda buena obra, manifestar una agradable anchura de corazón en todas nuestras relaciones, y ser menos rígidos en nuestros tratos con los demás de modo de adornar la doctrina de Dios nuestro Salvador. Pero, ¡ay, cuán a menudo ocurre lo contrario con nosotros! Manifestamos un temperamento reacio, inflexible; bregamos en favor de nuestros derechos; nos inclinamos hacia todo lo que nos otorgue algún beneficio; buscamos nuestros propios intereses personales; queremos imponer nuestras propias ideas. Todo esto demuestra claramente que nuestro yo no es ponderado ni juzgado de forma habitual en la presencia de Dios.

Dios nos ama demasiado para dejarnos en nuestra dureza y tozudez; y por eso estima conveniente hacernos pasar a través de todo tipo de ejercicios a fin de traernos a un estado de alma en que pueda utilizarnos para Su gloria. Es necesario que la voluntad sea quebrantada, que la confianza propia, la autosatisfacción y el orgullo sean arrancados de tajo.

Dios se valdrá de las escenas y circunstancias por las que tenemos que pasar, así como de las personas con que nos relacionamos en la vida diaria, a fin de disciplinar nuestro corazón, y quebrantar nuestra voluntad. Y, además, Él mismo tratará directamente con nosotros a fin de lograr estos formidables resultados prácticos.

 

Los Amigos de Job. C.H. Mackintosh.